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Mejor que Facebook

Dos de las cinco novelas de Flann O’Brien aparecen encabezadas por sendos rótulos contradictorios. En la página prácticamente en blanco que da pie a ‘At Swinn-two-birds’ (algo así como ‘En nadando dos pájaros’) se lee: «Todos los personajes representados en este libro, incluida la primera persona del singular, son completamente ficticios y no guardan relación alguna con persona viva o muerta». Al principio de ‘The hard life’ (‘La vida dura’) figura, sin embargo, este otro ‘acertijo’: «Todas las personas en este libro son reales y ninguna es ficticia ni siquiera en parte». Tratándose de O’Brien, el más vivo (y divertido) de los novelistas muertos, y puesto que estamos delante de dos novelas, por definición, tan ficticias como las novias Ricky Martin, la cosa puede quedar en una broma para eruditos tristes.

O tal vez no. Quizá, en efecto, sea una broma, pero de las otras, de las que no dan pereza. No está claro si el director David Fincher ha leído o no a Flann O’Brien. Y, sin embargo, ‘La red social’, su película, comparte con la obra del escritor irlandés la gracia de las adivinanzas sagaces: despista e ilumina con el mismo y contradictorio empeño. De hecho, la historia que cuenta es tan perfectamente real como necesariamente ficticia. Paradójica empresa, pues. La película, en efecto, no hace sino recuperar con precisión de cirujano el momento exacto en el que un adolescente convirtió un instante de ofuscación hormonal en la más lucrativa empresa que ha dado el siglo. Hablamos de Mark Zuckerberg, hablamos del creador de Facebook.

Antes de nada, admitámoslo, estamos delante de una obra maestra o, si se prefiere, de una de las películas más estimulantes de los últimos años. Fincher hace algo más que narrar una historia de nuestros días al ritmo casi perfecto que envenena el guión de Aaron Sorkin. O, bien mirado, en realidad, no hace otra cosa que eso: contar la realidad del único modo que puede ser narrada: construyéndola, dándole sentido. «Desconfíen de cualquier película que arranque con el cartel de ‘Basada en un hecho real'», advertía recientemente el propio guionista de la película. Y, nosotros, claro, desconfiamos.

Y así la virtud de ‘La red social’ no es otra que la de avanzar dos pasos más allá de adjetivos tales como verídico o simplemente verosímil. Lo que importa ahora es lo verdadero. O, más solemne, la verdad. Y este último concepto es algo serio. No se trata de una sensación que recorre la espalda al escuchar una frase en latín, ni del resultado de unir por consenso pareceres diversos, quizá opuestos. En la narración, cualquiera de ellas, la verdad se impone como el resultado necesario de, ya se ha dicho, una construcción.

«La vida no discurre en escenas ni jamás he conocido a nadie que hable con la brillantez de mis personajes», afirma Sorkin para apoyar la tesis ‘constructiva’. Quiere Fincher, con la colaboración de su escribidor, que este debate, llamémosle así, infecte de forma necesaria la superficie de cada fotograma que compone la película. El espectador es enfrentado a la decisión de tener que decidir si lo que ve es verdad o mentira. Y en la propia formulación de la pregunta se encuentra la respuesta.

¿Es acaso verdad que tiempo atrás hubo un príncipe loco en Dinamarca incapaz de distinguir lo que es de lo que no es? Si la pregunta es si existió Hamlet, estamos perdiendo el tiempo. Si -he ahí- la cuestión es si la traición, la locura, la avaricia y la sed de mal pueden hacer temblar los cimientos más firmes de lo real, nos acercamos a algo a lo que, ya sí, vale la pena dedicarle un rato. Al fin y al cabo, lo que nunca deja de tener interés son los mecanismos que guían el comportamiento humano, el sentido de lo que nos hace ser lo que somos. Y para ello, la diferencia entre ficción y realidad no tiene más sentido que lo que distingue un pato de un oca. Bien cocinados, no hay remilgos. Todo es ficción porque, de lo contrario, la realidad no tiene sentido. O, al revés, todo es real, porque, de lo contrario, la ficción no es más que un capítulo más de ‘Callejeros’. Y eso, la verdad, da mucha pereza (otra cosa es si hablamos de ‘Mujeres ricas’, que eso sí ya es más divertido).

Pero no nos despistemos. La estrategia de Fincher-Sorkin no es otra que la de hacernos dudar (que si Zuckerberg dijo esto y se calló lo otro) para que no haya dudas. Algo parecido ya hizo el director en ‘Zodiac’, el relato del asesino del zodiaco contado desde la carne abierta de sus víctimas. Ahora, la propuesta es mas radical si cabe, aunque menos sangrienta. La vida es así: una invención difícil de soportar y complicada de explicar. O una historia de ruido y furia contada por un idiota, que diría el poeta. Sin fisuras, el relato de ‘La red social’ avanza hasta ofrecer una perfecta radiografía del miedo, la soledad, la ambición y, por supuesto, el poder. ¿Como ‘Ciudadano Kane’ acaso? Acaso. Y eso se parece mucho a cualquiera de las cosas que nos rodea. Se trata de nosotros, idiota.

Por lo demás, Jesse Eisenberg, el protagonista, sencillamente lo cuadra. La meticulosidad con la que se pega a la piel de su ‘representado’ ofrece la réplica exacta al ideario de la película. De nuevo, la cierto y lo falso, la ficción y lo real, son convocados ante la mirada del espectador. El resto del reparto (mención especial para Andrew Garfield, el próximo Spiderman) ayuda, pero él solo se postula como el prodigio de 27 años que es. ¿Se acuerdan de ‘Zombieland’? Pues es el mismo. ¿Quién lo diría?

En definitiva, todo en ‘La red social’ es completamente ficticio y cualquier parecido con la realidad es simple coincidencia. Otra cosa es que, desde el primer al último minuto, todo sea coincidencia. Flann O’Brien di algo.

El Mundo

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