Críticas de “Wonder Wheel”: La decepción de la vida según Woody Allen

Fecha 28 de diciembre, 2017 Comentarios 0 Comentarios Categorías Categorías: Noticias

La decepción de la vida según Woody Allen

Cinemascomics

De un tiempo a esta parte, Woody Allen se ha convertido en uno de esos viejos amigos con el que te reencuentras una vez al año y sabes, poco a poco, algo sobre su vida. Pero, en lugar de venirte con una botella de vino o un regalo bajo el brazo, el neurótico cineasta neoyorquino llega con una película. En esta ocasión: ‘Wonder Wheel’. Una película que habla sobre la decepción de la vida o, valga la redundancia, sobre la vida en sí. Porque la vida es decepcionante. Alguien que lleva tanto recorrido a sus espaldas como Woody Allen sabe cómo contarte esto sin caer en la vorágine ampulosa de realizadores como Terrence Malick, Yorgos Lanthimos o el propio Lars Von Trier. En ‘Wonder Wheel’ todo es triste y alegre y triste otra vez. Es la vida, con las dos caras de la moneda bien marcadas.

Todo en ‘Wonder Wheel’ resulta teatral. Desde una Coney Island tan cerrada como los espacios de una sit-com hasta la interpretación de un reparto excesivamente ecléctico. Pero, ¿qué es la vida, además de una decepción? Es teatro. Una interpretación de roles que aquí Woody Allen ha deformado hasta casi llegar al esperpento. Los protagonistas de ‘Wonder Wheel’ están estirados al límite. Tenemos a una mujer (Kate Winslet) anclada en su miserable existencia que sueña con un pasado que ya no volverá y que se ahoga en sus errores de antaño; a un joven y atractivo escritor (Justin Timberlake) que vive en el Greenwich Village de Nueva York y que sueña con escribir grandes obras; también a un padre agresivo y alcohólico (James Belushi) que añora a su hija perdida, y a la hija perdida (Juno Temple) que vuelve a los brazos de su padre tras una corta vida traumática.

El reparto se adapta a los personajes con una facilidad pasmosa. No importa que el vodevil o el teatro de variedades que es ‘Wonder Wheel’ baile al son de una escopeta de feria o una gigantesca noria. La hermosísima dirección de fotografía de Vittorio Storaro nos conduce a través de una travesía de emociones que nos trasladan al mejor cine de Woody Allen. Es cierto que ese nervioso cineasta de ‘Manhattan’ o ‘Annie Hall’ se perdió con el paso de los años. El neoyorquino ha vivido tanto que no tiene pudor a la hora de hincarle el diente a la miserable existencia. Ese amargo regusto final, propio de series como ‘BoJack Horseman’, no empaña una historia que parecía tener una salvación. Al final, aunque no salga, volvemos a tener a Woody Allen contándonos el chiste de las dos ancianas en una residencia hablando sobre cómo de horrible es la comida que les dan y que lo peor de todo es que las raciones son muy pequeñas. Sí, la vida es una decepción. Pero, al menos, es vida. Una vida que tenemos, al fin y al cabo.

Saca lo mejor de sus actores

Metro

La tercera de la trilogía extraoficial de películas que llevan la palabra “Wonder” en su título es la más decepcionante del grupo.

La propuesta anual del director y guionista, Woody Allen, poco tiene en común con el “tear jerker” de Jacob Tremblay o la épica historia de origen de Diana Prince fuera de su título, excepto en que las tres vienen ancladas de actuaciones memorables.

Esto es lo menos que se puede esperar de Allen, uno de esos cineastas que siempre saca lo mejor de sus actores. Esto no es diferente en Wonder Wheel, donde Kate Winslet, Jim Belushi, Juno Temple y Justin Timberlake hacen de tripas, corazones con una historia que de ser una atracción de parque de diversiones, sería del tipo que marea, y no tanto de tipo que entretiene.

Ambientada en Coney Island en la década del 50, la película cuenta la enrevesada historia de Ginny (Winslet), una ex actriz casada con el alcohólico operador del carrusel (Belushi), cuya hija (Temple) regresa a casa huyendo de su ex marido, un peligroso mafioso que la quiere muerta. Para completar el melodrama, Allen añade un triángulo amoroso con Mickey (Timberlake), un salvavidas pretencioso e indeciso entre Ginny y su hijastra recién llegada.

La suma de todas sus partes no es necesariamente mala, pero lejos está de algunos de los trabajos más memorables del cineasta en tiempos recientes, en que sus personajes son fáciles de tragar y la historia sabe hacia dónde se dirige. Sin un rumbo claro, la cinta aún sirve de vehículo para su talentoso elenco, compuesto de actores veteranos y otros cuyas carreras recién comienzan y cuyo filmografía ahora está un poco más completa.

Agridulce la apuesta de Woody Allen

El Nuevo Día

Rara es la vez que Woody Allen decide cambiar o experimentar con su estilo de dirección. “Wonder Wheel”, su nuevo largometraje que estrena esta semana en Puerto Rico, es una de las excepciones a esta regla. Aunque el cineasta no sacrifica su enfoque en los personajes principales y destaca la forma en que su elenco, que en esta ocasión incluye a Kate Winslet, James Belushi, Justin Timberlake y Juno Temple, maneja sus diálogos, en esta ocasión su propuesta visual es mucho más arriesgada y moderna.

En varias escenas clave mientras las vidas de los personajes principales se van enredando, el director opta por coreografiar los movimientos de cámara con una fluidez que claramente refleja las complicaciones de la trama y cómo van cambiando los balances de poder entre los personajes. De la misma forma, la maravillosa cinematografía de Vittorio Storaro es un impresionante canvas expresionista que captura la vida interior de las figuras centrales de la historia.

Y es precisamente por esto que “Wonder Wheel” resulta ser una de las películas más frustrantes de la filmografía de Woody Allen. Toda la atención del cineasta se fue en el lenguaje audiovisual, en vez de tratar de corregir la estructura dramática de un guion que simplemente no funciona. A eso se le suma que a pesar del talento considerable que tiene Winslet como actriz, esta no logra con un personaje insufrible que convenientemente va perdiendo su humanidad para que Allen pueda enredar aún más la trama y como quiera llevarla a una conclusión insípida y predecible.

En adición, la ineptitud de tener a Timberlake como el narrador de la historia. El primer problema de esto es que Mickey (Timberlake), un soldado que durante un verano de la década de los 50 se gana la vida como salvavidas cerca del muelle de Connie Island, no es el protagonista de esta historia. Ese rol le pertenece a Kate Winslet como Ginny, una mesera que comienza un romance con Mickey para escapar de las frustraciones de su matrimonio con Humpty (James Belushi).

Timberlake simplemente no conecta con el material. En su boca, todas las observaciones y pseudo-filosofías de Allen sobre el drama, la vida y el destino suenan estériles o pretenciosas. Esta no es la primera vez que falla al escoger quien lo represente en pantalla, pero Timberlake sigue siendo su peor elección.

Del elenco, los que logran conectar con el material es Belushi como Humpty, quien logra darle cohesión a un rol que requiere que sea un esposo abusivo en ciertas escenas y un padre devoto y cariñoso en otras; y Juno Temple como Carolina, la hija de Humpty que está tratando de escapar de las garras de un gángster. La película hubiera sido más interesante si Allen hubiera tomado los mismos riesgos como guionista que como director. En vez de colocar a Carolina en un rol secundario que solo existe para desequilibrar el romance entre Winslet y Timberlake, tenerla a ella como protagonista hubiera sido menos convencional. Pero, Allen parece estar convencido de que Ginny está en la misma liga que sus protagonistas de “Blue Jasmine” o “Match Point”, juicio erróneo que lleva a un final anticlimático.

Jim Belushi, Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple, son todos brillantes.

La Capital

Acaba de cumplir los 82 años, pero más allá de una sordera que aumenta con el paso del tiempo, nada parece detener un ritmo creativo que nadie en la industria del cine ha podido emular. Como si fuera una verdadera máquina, Woody Allen estrena religiosamente una película cada 12 meses, y tal como el mismo lo explica en esta entrevista, lo hace simplemente porque lo disfruta. Tal vez porque le importa poco lo que crean de él, no le tiembla la voz al señalar que le da lo mismo lo que piensen de “La rueda de la maravilla”, la película que se estrena el próximo jueves y que protagonizan Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple y Jim Belushi, porque su mente está en el proceso de montaje de “A Rainy Day in New York”, que recién veremos el año que viene y de la que no contará nada hasta que falte poco para que llegue a las salas.

“La rueda de la maravilla” cuenta la historia de cuatro personajes cuyas vidas se entrelazan en medio del bullicio del parque de atracciones de Coney Island, en la década de 1950: Ginny, una ex actriz emocionalmente volátil que ahora trabaja como mesera en una casa de almejas; Humpty, operador de carrusel y marido de Ginny; Mickey, un joven y atractivo socorrista que sueña con convertirse en dramaturgo, y Carolina , la hija de Humpty que ha estado alejada, y ahora se esconde de los gángsters en el departamento de su padre.

—¿Por qué quiso contar una historia ambientada en un parque de diversiones?

—Porque crecí en un barrio que estaba muy cerca de un parque de diversiones, Coney Island, que ya estaba en decadencia cuando yo era chico. Antes de que naciera, supuestamente este lugar era magnífico y sus luces se veían desde kilómetros de distancia en el Oceáno Atlántico. Me pareció que era una buena atmósfera para una película, porque tenía todo el glamour, las atracciones y el mundo de fantasía que ayudan a contar una historia. Cada vez que he ido a Coney Island me sorprendió ver que hay gente que vive allí, en medio de todos esos juegos. Criaron a sus hijos ahí, en medio del caos, la locura y los gritos. Los chicos corrían entrando y saliendo de sus casas mientras en la calle veías a miles de turistas rodeados por el ruido, los disparos de los rifles de aire comprimido y la música que llegaba desde los juegos. Por eso me pareció una muy buena atmósfera cinematográfica, muy colorida. Siempre me gustó mucho. De chico le pedía a mi padre que me llevara, y lo hacía, pero a él no le gustaba para nada. Siempre me decía que prefería llevarme a cualquier otro sitio antes que a Coney Island.

—¿Siente que hay algo de usted en cada uno de estos personajes?

—Por supuesto. Dicen que el escritor es cada personaje de una historia. Ciertamente yo soy un padre protector, tengo dos hijas y una relación muy bonita con ellas. Puedo verme en el personaje de Justin porque soy escritor y me gustaría poder escribir como Strindberg u O’Neill, pero soy incapaz de estar a su altura. Y también me puedo ver reflejado en el personaje de Kate, que siempre está pensando que su próximo romance va a transformar su vida mágicamente, sin que eso ocurra. La realidad siempre se impone. Creo que en ese sentido este es el mejor momento de mi vida. Ya han pasado 20 años desde que nos casamos con Soon-Yi. Estos veinte años han sido los mejores que he vivido, y ha sido precisamente por ella.

—¿Qué directivas le dio a sus actores en esta película?

—Yo siempre contrato a actores que son muy buenos. Jim Belushi, Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple, son todos brillantes. Somos muy cuidadosos antes de contratar y miramos muchos videotapes para elegir al elenco. No hace falta tener un gran director de reparto para elegir a Kate o a Justin. Son opciones muy básicas. Simplemente los contrato y luego trato de no presionarlos demasiado. Dejo que hagan lo que ellos saben hacer, porque esa es la razón por la que la gente los admira y quiere ir a ver las películas en las que trabajan. No me interesa estar encima de ellos para decirles que hagan esto o no hagan lo otro, o esto es lo que estoy pensando que tendrían que hacer. No tiene importancia lo que yo piense de cómo lo tendrían que hacer, porque en la gran mayoría de los casos no lo hacen como yo lo imagino y queda mucho mejor, porque es más natural para ellos y simplemente los resultados son mucho mejores si les dejo seguir sus instintos. Suelo dar indicaciones muy estúpidas, como “más rápido”, “más fuerte”, “un poco mejor”, pero no hace falta dirigir a estos actores. Alcanza simplemente con contratarlos y no supervisarlos demasiado, o entorpecer su trabajo. Muy de vez en cuando tengo que decirles que hablen un poco más rápido o que caminen por el cuarto de una manera más lánguida. Pero en lineas generales, simplemente me callo.

—¿Cómo hace para escribir tan buenos personajes femeninos?

—Todo el mundo tiene en su personalidad componentes masculinos y femeninos. Y yo creo que no soy la excepción. Pero cuando recién comenzaba, nunca podía escribir buenos papeles femeninos, quizá porque yo era la estrella de la película. Escribía para hombres. Siempre mi fuerte eran los personajes masculinos. Hasta que comencé una relación sentimental con Diane Keaton en la que vivimos juntos durante un par de años, y luego seguimos siendo buenos amigos durante el resto de nuestras vidas. Ella me impresionó tanto, todo lo que tuviera que ver con ella, que empecé a escribirle papeles. Debo reconocer que logré escribir buenos papeles femeninos gracias a Diane. Es que empecé a ver perspectivas desde sus ojos, desde los ojos de una mujer. Y al hacerlo, descubrí que lo disfrutaba mucho. Me di cuenta que los personajes femeninos eran mucho más interesantes que los masculinos, porque tenían mucha más complejidad y una gran variedad de emociones, mientras que los masculinos son mucho más simples en la pantalla, aunque probablemente no en la en la vida real, pero en la pantalla siempre son mas simples. Las mujeres en cambio me resultaban mas interesantes, y por eso empecé a escribir para ellas y es algo que he disfrutado desde entonces.

—Diane Keaton ha dicho que usted fue su mejor amante…

—La verdad es que yo viví una gran pasión con Diane, y yo creo que eso es algo que depende de cada relación, que es la mujer la que genera eso en vos y el hombre el que genera la pasión en la mujer. Yo estuve loco por Diane durante el par de años que salimos y luego el tiempo que vivimos juntos. Hacerle el amor y cualquier otra cosa que hiciera con ella era una tarea a la que me entregaba en cuerpo y alma. Estar con ella siempre era una delicia. Keaton es alguien que ilumina un cuarto con solo poner un pie en él, el edificio, la cuadra entera. Tiene una personalidad asombrosa y centelleante. Y a lo largo de los años se ha convertido en un ícono. Cada vez que me toca trabajar con una actriz joven me recuerda maravillada que he trabajado con Diane Keaton, por lo que me la paso respondiendo preguntas sobre ella. Me inspiró de todas las maneras posibles.

—¿Cuál cree que es el mayor error de concepto que la gente tiene sobre usted?

—Que soy un intelectual. Lo he dicho antes, me ven así porque uso estos anteojos y creen que soy un artista porque mis películas pierden dinero. Es una imagen muy bonita, pero ese no soy yo. En cambio sí soy yo el que se pone a mirar los partidos de futbol americano por televisión con una cerveza en la mano. Nunca me vas a encontrar en mi oficina leyendo un libro sobre filosofía danesa o algo por el estilo. Es un error de concepto que tiene la gente. Tampoco es cierto que me la paso trabajando. Creen que vivo para trabajar pero no es así. Me paso mucho tiempo tocando mi clarinete, mirando deportes por televisión y saliendo a caminar con mi esposa. Tal vez el mayor error es pensar que soy un trabajólico cuando en realidad soy bastante vago.

—¿Qué es lo que más disfruta de hacer sus películas?

—El placer de hacer películas es diferente para cada persona. Están los que se sienten fascinados cada vez que terminan su filme porque se lo pueden mostrar al público, y hay otros que lo hacen para ganar dinero. Están los que buscan sentirse satisfechos artísticamente y yo disfruto del proceso. No me interesa el dinero. Nunca me ha interesado. Muchas veces tengo que poner todo mi salario en la película para que quede mejor, para poder volver a filmar escenas y lograr que queden mejor. En muchas ocasiones he trabajado todo el año por nada, sin salario. Tampoco me interesan los premios o lo que diga la gente de mis películas, ya sean los críticos o el público. Para mí todo pasa por el placer de filmar. Cuando tenía 12 años pensaba que el placer iba a ser ir a la entrega del Oscar y recibir el premio máximo mientras me rodeaban hombres importantes y bellas mujeres. Pero cuando crecés descubrís que el placer es el trabajo en sí mismo, y que cada vez intentás hacer una película maravillosa, pero siempre te sale mal. Jamás lo lográs. Pero si seguís insistiendo, si tratás de alcanzar la roca más alta de la montaña, eso es lo mas divertido. Lidiar con los problemas de la realización cinematográfica y hacer que todo funcione. Luego terminás tu película, se la das a la empresa que la financió, y ellos la estrenan. Para mí, es momento de pasar a mi siguiente proyecto. “La rueda de la maravilla” se está estrenando ahora y estoy obligado a promocionarla o de lo contrario me considerarán una persona terrible, porque habré tomado su dinero y luego habré huido, pero para mí ya es historia. Esta semana he terminado mi siguiente película, con Selena Gómez, Timothée Chalamet, Liev Schreiber y Jude Law. Ya no me interesa más “La rueda de la maravilla”. Si a la gente le gusta, es maravilloso. Si los críticos la elogian, es fantástico. Si no es así, no me preocupa. De una forma o de otra, mi vida no cambiará. Si la película tiene éxito no me volveré más joven o más saludable. Nada trascendental me ocurrirá. Lo mismo vale si es un fracaso. Y ya casi he terminado con la siguiente. Por lo tanto todo pasa por el trabajo para mí. Y soy un convencido que si te has lanzado a filmar por cualquier otra razón, para hacerte famoso, volverte rico o convertirte en un artista, estás cometiendo un grave error.

Remedio para melancólicos

Página 12

En uno de los momentos definitorios de La rueda de la maravilla, un personaje le regala a otro un libro con las obras de teatro de Eugene O’Neill. No es raro: él es dramaturgo o intenta serlo en un futuro y la mujer a quien se lo da fue actriz en el pasado. No es extraño tampoco porque toda La rueda de la maravilla, la última película de Woody Allen, está envuelta en vaporosos aires de teatro. Actrices decadentes, dramaturgos en ciernes, escenarios que parecen decorados y conflictos que se repiten como en la rueda del título. Todos ellos dan vueltas alrededor de un eje y cada vez que el giro los lleva hacia abajo el grito es más agudo y peor. Es que el elemento principal de la película es esta omnipresente noria, que no hace otra cosa que recordarnos que estamos en manos de la suerte, una dama que reparte penas y alegrías ciegamente, sobre todo en lo que atañe a la materia del amor.

Todo tiene lugar en Coney Island, justo en el momento de máximo esplendor de ese mítico balneario ubicado en el sur de Nueva York, hoy algo decadente, una atracción para turistas nostálgicos. “Años cincuenta. La playa, el boulevard. Yo trabajo aquí, en el muelle 7”, dice Mickey, el espléndido bañero interpretado por la superestrella Justin Timberlake, subido a ese podio de madera desde donde tiene la visión panorámica de lo que ocurre en la playa. Él, además de ser el galán detonante de buena parte de los conflictos de la película, oficia de narrador. Los demás atribulados personajes son Ginny (Kate Winslet), la inestable y emocional ex actriz que trabaja como mesera; su marido Humpty (Jim Belushi), un fanático de la pesca que trabaja como operador de una calesita; Carolina (Juno Temple), hermosa hija de Humpty a quien no vio por años y ahora ha vuelto para guarecerse de los gángsters que manda su marido; y Richie, hijo de Ginny de su primer y fallido matrimonio, un niño pelirrojo, pecoso y fanático de las películas, que tiene un solo defecto: es piromaníaco. Tanto por él y fundamentalmente por Carolina, a estos rudos y melancólicos seres de Coney Island, no tardarán en caerle, como un copioso aguacero de verano, los problemas sobre sus cabezas.

Suave es el tecnicolor
La película, que se estrenó en octubre de 2017 en EEUU y llega este 4 de enero a la Argentina, es la número 47 de Woody Allen. Es también la que sucede a Café Society (2016), con la que la mayoría de los críticos han tendido a vincularla. Es que son varios los puntos del común, como si el director estuviera desde entonces en una nueva etapa de su ya larga y sinuosa carrera. Después de algunos fiascos, de películas más o menos problemáticas, Café Society logró acallar los reproches de la crítica con buenas actuaciones, una trama en la que nuevamente observaba el negocio del espectáculo -y el negocio del amor adentro del negocio del espectáculo-. Era, por otra parte, un filme de época, con fuertes resonancias literarias, al punto de que llegó a considerársela una suerte de reescritura de El Gran Gatsby.

En Wonder Wheel –tal es el título original de la historia— también nos encontramos con un film de época, esta vez no son los años ’30, sino los ’50, pero la ecuación es parecida. Detallismo en la reconstrucción histórica en la que sin embargo, todo pareciera estar un poco pasado de rosca. Los colores pasteles que ocupan la pantalla como gustos de helado, los trajes composé recién salidos de la tintorería pertenecen más al cine, al terreno imaginario, que a cualquier imagen real de aquella década.

En este sentido es clave el trabajo del director de fotografía italiano Vittorio Storaro, que trabajó en películas como Apocalypse Now, Reds y El último emperador. Su presencia en La rueda de la maravilla es central, como lo fue en Café Society. El italiano dijo sobre esta segunda colaboración con Allen: “Cuando Woody propuso nuestra segunda película juntos, debo ser honesto al decir que no sabía dónde estaba Coney Island. Leí el guión, tan bellamente escrito. Tenía escenas largas con a veces diez páginas de diálogo. No sabía cómo podría visualizar ese tipo de historia. Pero Woody dijo: ‘Vittorio, no te preocupes. Ven conmigo, vamos juntos a ver la locación. Estoy seguro de que podemos encontrar una manera’. Cuando la visité por primera vez, estuve tan feliz de descubrir un mundo que no conocía… Había un parque de diversiones justo al lado del océano donde vivían los personajes. Me pareció increíble pasar del concepto al hermoso y colorido mundo de fantasía del parque de atracciones junto a la playa y el océano. Pero cuando entramos al departamento de los personajes, descubrimos las relaciones monótonas y normales que pueden volverse dramáticas. Le presenté a Woody un concepto para las imágenes que estaba conectado con la fisiología del color”.

Y así sucede. Cada uno de los planos está atravesado por el factor color, luz, contraluz, brillo. El departamento que comparten Ginny y Humpty está emplazado prácticamente dentro de un parque de diversiones. A través de los cristales se ve la magnífica rueda. Cada vez que ella va a su cuarto a pensar, se la ve girar en su ventana haciendo que su rostro cambie del rosado, al azul, al ámbar. Cuando camina a su trabajo, atiende en un bar de ostras, los que pasan a su alrededor no repiten tonalidades, al igual que cuando Caroline va a la escuela nocturna donde intenta terminar de estudiar. Toda la paleta pastel está plasmada con impecabilidad y se satura en tonos intensos en los momentos dramáticos. Recuerda un poco a la hermosa –e injustamente olvidada– Golpe al corazón de Francis F. Coppola, de quien también Storaro –oh, casualidad– fue su director de fotografía. En esta puesta en valor del sello Allen, la incorporación de este personaje ha sumado muchos porotos.

El cine de cristal
Entonces, los espacios donde circulan los personajes son: el exultante parque de diversiones, el departamento oscuro de Ginny y Humpty y el Océano Atlántico. En estos tres escenarios se suceden las escenas en las que los protagonistas se cruzan, complicándose la vida. La aparición de la mafia precipita la historia de la comedia dramática al melodrama, como un envión que hiciera girar La rueda de la maravilla un poco más rápido.

¿Pero qué es lo que hace tan teatral La rueda de la maravilla? Volvemos al momento en que un personaje le regala a otro un libro con las obras de teatro de Eugene O’Neill. Es como si todo ese realismo tan norteamericano que prosperó en las salas de teatro antes y después de la Segunda Guerra Mundial, se colara por los rincones de la pantalla. En principio, el personaje de Ginny es una suerte de Blanche de Un tranvía llamado deseo pero al revés. Ella también es la bella con un pasado esplendoroso rodeada de emociones y delicadezas artísticas que perdió por alguna estupidez propia o del destino. Aunque en vez de irse en busca de su hermana, es invadida por su hijastra, que con su sola presencia le muestra lo vieja y frustrada que está. Y la aparición de Mickey, es como la de Jim O’Connor en El zoo de cristal. Él la ve caminando por la playa –“ella era una mujer compleja, interesante”– parece destinada a rescatarla del fango en que está sumergida; la comprende, ve el diamante que se esconde en su corazón, no solo va a amarla sino que la devolverá al escenario: “Yo soy una actriz interpretando el triste papel de una mesera, no una mesera de verdad”, dirá Ginny. Algunas de las preocupaciones de Tennessee Williams, aunque alivianadas, aparecen por aquí. Familias de clase baja, tristemente empobrecidas por algún desliz del tiempo, embebidas en oscuro resentimiento provinciano y sueños perdidos. Y todo esto plasmado en una historia de gran lirismo, potencia poética y una sexualidad latente y cargada de violencia.

Por otra parte, también hay algo que se asemeja a las tramas más de análisis social y los imperativos éticos de Arthur Miller, particularmente a Panorama desde el puente y sus amores cruzados por una violencia de clase. La hermosa Caroline, experimentada pero ingenua, las olas de pasión que coqueta y distraídamente genera a su alrededor, recuerdan la Katie en aquella obra. Es esta clase de realismo norteamericano en teatro que se vislumbra en la historia, inaugurado por supuesto por el atormentado O’Neill, el primero de todos ellos y al único que leyeron los personajes de esta película. Ellos también seres que viven al margen de la pintoresca felicidad de los años cincuenta, que luchan por sus esperanzas –o más bien aspiraciones–, aunque terminen cayendo nuevamente en la desesperación.

Pero, finalmente, lo más teatral de todas las aristas que presenta La rueda de la maravilla, es el drama de su protagonista. La aun hermosa Ginny, temblorosa e iracunda, interpretada intensamente por la siempre potente Kate Winslet. Ella monologa y la cámara la sigue por su casa, mientras las luces de colores parecen titilar al ritmo de sus cambiantes estados de ánimo. Es cierto: en muchas de sus películas, el director neoyorkino trabajó largos planos en los que la cámara circulaba entre los actores, en secuencias donde los personajes actuaban una escena de gran contenido emocional sin cortes hasta el final. Basta recordar la escena de Maridos y esposas (1992) en la que Mia Farrow se ataca y encierra en un cuarto al enterarse que la pareja de sus mejores amigos –interpretados por Sydney Pollack y Judy Davis– va a separarse. Pero en esta, esos planos secuencia funcionan de un modo particular. Y esto es porque Ginny es también una actriz y muchas de las veces, en esos largos devaneos, también está actuando, representando un papel frente a los demás. Entorna los ojos, acentúa sus gestos, enciende un cigarrillo. “Pareces loca. Estás vestida como una loca” le va a decir Humpty, al verla de vestida, maquillada y peinada de fiesta, luego de enterarse de que ha ocurrido un asesinato. Y Mickey dirá: “Podré no ser un dramaturgo muy inteligente, pero esto que hiciste sí lo entiendo”. Porque lo más hermoso de ver en el teatro siempre será cuando se derrite el maquillaje, se caen los velos, se corren las máscaras y peligra un poco la ilusión.

Crítica de “La Rueda de la Maravilla”, de Woody Allen, con Kate Winslet y Justin Timberlake

Otros Cines

El 47º largometraje del mítico realizador neoyorquino no se ubica entre lo mejor de su filmografía, pero al menos regala una intensa actuación de la protagonista de Titanic.

La Rueda de la Maravilla (Wonder Wheel, Estados Unidos/2017). Guión y dirección: Woody Allen. Elenco: Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple, Jim Belushi y Max Casella. Fotografía: Vittorio Storaro. Edición: Alisa Lepselter. Distribuidora: Digicine. Duración: 101 minutos. Apta para mayores de 13 años.

El drama no le sienta demasiado bien a Woody Allen, sobre todo cuando la apuesta es bastante teatral como en el caso de La Rueda de la Maravilla. Esta historia de (des)amores y -otra vez- engaños ambientada en la por entonces esplendorosa Coney Island de los años ’50 nos muestra al prolífico director neoyorquino -y a los actores, claro- en su faceta más ampulosa, sentenciosa y recargada. En mi caso, siempre preferiré al Woody leve, cuyo cine fluye con ligereza y espíritu lúdico.

El film está narrado en off -y a veces a cámara- por Mickey (Justin Timberlake), un guardavidas con aspiraciones de dramaturgo y poeta que trabaja en la playa de la zona y que será -no le resulta complicado- el galán que enamorará a las mujeres del film. Por un lado está Ginny (Kate Winslet), actriz frustrada a punto de cumplir 40 años y sufrida esposa de Humpty (Jim Belushi), un tipo bastante elemental y con problemas con el alcohol que trabaja como empleado del tradicional parque de diversiones de Coney Island donde está la Rueda de la Maravilla del título y cuya principal pasión parece ser ir a pescar con amigos. Por otro, aparece Carolina (Juno Temple), la hija de Humpty que llega al lugar escapando de un marido mafioso que quiere matarla.

Más allá de la atractiva reconstrucción de época (con la producción de Amazon Allen parece haber conseguido mayores recursos) y del valioso nuevo aporte del célebre director de fotografía italiano Vittorio Storaro, La Rueda de la Maravilla nunca logra trascender los límites de lo ampuloso, lo subrayado y una llamativa autoindulgencia. Y seamos por demás benévolos también con ese Woody ya bastante poco riguroso que se permite unas cuantas “licencias ¿poéticas?”, como el caso del ensordecedor ruido de disparos (el stand de tiro al blanco está justo debajo de la vivienda de los protagonistas) que retumba en la escena inicial, pero que luego… ¡desaparecerá por completo en el resto de la película!

Aún tratándose de un Woody Allen menor -algo moroso y con ciertos diálogos torpes, muchas veces a puro grito, que acercan el film al grotesco- esta suerte de versión devaluada de Manhattan, Match Point o Blue Jasmine al menos regala ciertos momentos de intensidad emocional en los que es Kate Winslet quien saca el mejor provecho. No es mucho, pero quizás alcance para que los fans del ya octogenario director salgan mínimamente satisfechos tras ver su 47º largometraje.

Woody Allen y un melodrama a la antigua, en Coney Island

La Prensa

Nueva película de Woody Allen (la número cuarenta y siete), con algún personaje muy Teneesee Williams; a esto se suma un ambiente típico extraído de los recuerdos del director, entonces adolescente (parque de diversiones de Coney Island, década del “50) y ciertas volteretas que aluden a sus humores esperpénticos (niño pirómano) y a sus veleidades autorales (personaje de Mickey, aspirante a escritor).

La historia, contada por un guardavida que oficia de narrador, pasa por Ginny, que parece creerse una Blanche Dubois en decadencia por el solo hecho de haber actuado en versiones barriales de autores importantes. La pobre, ya en los cuarenta y aún atractiva, mata sus penas como mesera, con un marido bruto y bueno pero alcohólico, y un hijo que todo lo convierte en llamas para desesperación de sus instintos maternales. Ginny cree encontrar un paliativo sexual en el guadavidas del balneario, que aspira a ser escritor, pero la aparición de su hijastra joven rompe sus ilusiones.

“La rueda de la maravilla” es un drama de esencia teatral con caídas en el melodrama y un ambiente férico, que toma no el Coney Island real sino el que se recuerda con alegría y nostalgia (mágica mirada del gran Vittorio Storaro que maneja lo fotográfico con recursos de la pintura y la psicología por su carga emotiva).

CIERTA SORPRESA
Los diálogos del filme no se creen demasiado, como algunos de sus personajes (la hijastra, y el guardavidas interpretado por Justin Timberlake). Otros roles están bien construidos, como es el caso de Ginny (en una actuación intensa de Kate Winslet) y su marido (estupendo Jim Belushi), y conviven con el personaje de Mickey que resulta casi indiferente por su escasa empatía.
Una revelación Juno Temple como Carolina, la hijastra, en un filme que tarda en enganchar al espectador y del que uno espera ciertos remates que nunca aparecen y termina dejando a quien mira con cierta sorpresa.

Calificación: Buena.

Crítica de “La rueda de la maravilla”, lo nuevo de Woody Allen

Clarín

El humor agridulce es una de las marcas distintivas de Woody Allen. Como si a esta altura de su extensa carrera combinara la risa disparatada que tenían sus primeros guiones y la tragedia de sus películas más serias.

La rueda de la maravilla tiene por protagonista a Ginny (Kate Winslet), una mesera, camarera o moza, como quieran llamarla, que trabaja en Coney Island a mediados de los años ’50. Vive con Humpty, su nueva pareja, alguien que “la salvó” (Jim Belushi, en esos extraños cruces de género que a Allen le gusta hacer al trabajar con actores en los que nadie pensaría en el casting) de un pasado que no revelaremos.

Los dos, con el hijito pirómano de ella, viven ahí, en medio del parque de diversiones en un semidestartalado departamento, al que llega Carolina (la ascendente Juno Temple), la hija de Humpty, huyendo de su ex que es un mafioso.

La atormentada vida de Ginny sufre un vuelco cuando se cruza con un salvavidas -en más de un sentido-, que interpretado por Justin Timberlake tiene un halo entre mágico, naif y aprovechador. Mickey sueña con ser escritor, y vaya uno a saber por qué Ginny, que supo serle infiel al baterista de jazz que era su esposo, planea serlo de nuevo con este hombre. Ah, al guardavidas también lo ve con buenos ojos Carolina.

Si Humpty se asemeja por momentos al Kowalsky de Un tranvía llamado Deseo es también porque la puesta en escena se concentra dramáticamente en el reducido departamento y en los diálogos entre Ginny y él.

Ginny, una Kate Winslet que siempre puede dar más, es una romántica que se quedó sin nafta al llegar a los 40. No es una perdedora, sí una mujer rota. Allen volvió a escribir un protagónico como el que le dio a Cate Blanchett en Blue Jasmine. No hay duda. Pero el entorno es otro.

La rueda de la maravilla es eso: una combinación de drama, tragedia, romance, algo de comedia, un costado de thriller gangsteril -los secuaces del ex de Carolina la están buscando-, protagonizada por un puñado de seres desesperanzados.

Si la esperanza es lo último que se pierde, imaginen lo que pueden llegar a hacer estos personajes a los que la falta de una perspectiva feliz, tengan la edad que tengan, 10 años, 30, 40 o 50, no les permite que la rueda de la fortuna se les detenga donde más quisieran.

Calificación: Muy buena

La rueda de la maravilla: Allen regresa con los colores de un amor de verano

La Nación

La rueda de la maravilla (Wonder Wheel, Estados Unidos, 2017) / Dirección: Woody Allen / Guión: Woody Allen / Fotografía: Vittorio Storaro / Edición: Alisa Lepselter / Elenco: Kate Winslet, Justin Timberlake, Juno Temple, Jim Belushi, Jack Gore / Distribuidora: Digicine / Duración: 101 minutos / Calificación: Apta para mayores de 13 años / Nuestra opinión: buena

En el comienzo de Annie Hall, Alvy Singer -uno de los tantos álter ego de Woody Allen- comparte algunos recuerdos de su temprana infancia. “Mi analista dice que exagero, pero les juro que crecí bajo la montaña rusa de Coney Island, en Brooklyn. Tal vez ello fue lo que provocó que tuviera una personalidad tan nerviosa”. La voz en off, con ese inconfundible acento neoyorquino, se imprime sobre la imagen de un niño pelirrojo que intenta tomar la sopa mientras el plato, y la casa entera, se sacuden al ritmo del parque de diversiones. Pasaron cincuenta años desde el estreno de aquella película y hacía tiempo que Allen no filmaba una historia tan autobiográfica.

Es que en La rueda de la maravilla también hay un niño pelirrojo que vive en un parque de diversiones -ahora canaliza sus nervios provocando incendios-, también estamos en los años 50 en pleno Brooklyn, y también el mundo de los adultos resulta un compendio de fracasos, mezquindades y fabulaciones. Aquí el narrador es Mickey (Justin Timberlake ), un bañero con aspiraciones de dramaturgo que sueña con ser Eugene O’Neill y enamora a la frustrada Ginny, ex actriz y mal casada camarera, que pena sus frustraciones en ese verano de ensueño en el que realidad y representación han perdido sus límites.

Sin bien se la ha comparado con Café Society por la ambientación en ese pasado imaginado desde el recuerdo del propio Allen y por los colores de la extraordinaria fotografía de Vittorio Storaro, es con Blue Jasmine con la que tiene más puntos en común. La Ginny de Kate Winslet desborda de aquel malestar que embriagaba a Cate Blanchett, ahora concentrado en un ambiente opresivo y asfixiante, inmerso en una puesta en escena de notable filiación teatral que Allen conjuga con calculados movimientos de cámara que fijan a sus personajes en los interiores como ratas de un exquisito laboratorio.

Es claro que el último Allen no simpatiza demasiado con las mujeres maduras, histéricas y siempre al borde del estallido -a diferencia de las más jóvenes, como aquí Juno Temple, que nunca estuvo tan luminosa-, pero Winslet consigue darle a su personaje una complejidad emocional que no está en el texto, tal vez uno de los más débiles del cine de Allen de la última década. Pese a los altibajos narrativos y al ambiguo filtro melodramático que proyecta la mirada del Timberlake narrador, La rueda de la maravilla irradia una luz inusual, amarga en esos tibios atardeceres de Coney Island que Allen conoce demasiado bien.

La buena fortuna de Woody Allen

Los Andes

El célebre cineasta estadounidense Woody Allen, uno de los comediantes más sagaces y prolíficos de su generación, ofrece en La Rueda de la Maravilla –su película número 47, que se estrena hoy en Mendoza– un melodrama ambientado en los años 50 en una famosa playa de Nueva York, donde explora los devaneos sentimentales de una mujer insatisfecha que engaña a su marido y mantiene un amorío con un guardavidas.

A pesar de no estar a la altura de sus mejores filmes, la nueva película del autor de Annie Hall, Manhattan y Hannah y sus hermanas –entre otras tantas obras maestras– confirma la vigencia de este gran artista estadounidense, que esta vez despliega todo su oficio para reflejar la profunda insatisfacción de una mujer que ve cómo sus mejores años se diluyen junto a un hombre al que no quiere ni desea.

Con la presencia de la enorme rueda de la fortuna de un parque de diversiones de Coney Island como telón de fondo, que la protagonista (magistralmente encarnada por Kate Winslet) ve todo el tiempo desde su casa y desde el restaurante donde trabaja como moza, la película reflexiona sobre los vaivenes de la vida y del destino, que al igual que ese gigantesco juego puede quedar de manera aleatoria arriba o debajo de cualquier expectativa.

La Rueda de la Maravilla cuenta además con buenas actuaciones del cantante Justin Timberlake, como un dramaturgo amante de la tragedia griega que trabaja como guardavidas, la joven Juno Temple, que encarna a la esposa de un mafioso que vuelve a la casa paterna tras muchísimos años, cuando siente que su vida corre peligro, y Jim Belushi, un empleado del parque de diversiones con problemas con el alcohol, que cuida de su mujer y de su hijo, un niño con tendencias piromaníacas.

Entre todos ellos, Allen construye una intrincada combinación de relaciones humanas teñidas por los malos entendidos, los deseos y la desilusión sentimental, acentuados por las idas y vueltas entre el dolor y la alegría, emociones que parecieran estar sujetas a los caprichos y azares de la rueda de la vida: a veces abajo, donde reinan la tristeza y la soledad, y otras arriba, donde gobiernan las sonrisas y la felicidad.

Ginny, el personaje interpretado por Winslet, es una ex actriz fracasada y frustrada, que trabaja como moza en un restaurante de almejas en la rambla de Coney Island, y que vive en un pequeño departamento ubicado dentro del parque de diversiones de la isla junto a Humpty (Belushi), un hombre sencillo, de gustos populares y sin ninguna inquietud artística, con quien tuvo un hijo luego de que él la rescatara de una situación traumática.

Un día, inesperadamente, reciben la visita de Carolina (la joven y atractiva Temple), “hija pródiga” de Humpty, que llega desesperada buscando refugio, ya que los matones de su esposo –un capomafia de la ciudad de Chicago– la buscan para secuestrarla y quizás matarla, a causa de los negocios sucios y los crímenes que ella conoce y podría revelar si la policía y la justicia la encontraran antes que ellos.

A ese grupo humano se suma Mickey, el personaje que encarna Timberlake, un escritor mediocre que se gana la vida como guardavidas en la playa ubicada a pocos metros del parque de diversiones, y que además es el narrador omnipresente de la historia, que desde el principio –en un recurso que Allen utilizó antes en varios de sus filmes– se dirige a los espectadores y les cuenta sus recuerdos mirándolos directamente a los ojos.

Los problemas surgen cuando Ginny se enamora de Mickey –mucho más joven que ella– y empieza a vislumbrar en él la posibilidad de volver a sentirse una mujer atractiva y construir una nueva vida lejos de su marido, hasta que entre ellos se interpone la juventud y la belleza de Carolina, que lo atrae irresistiblemente con su inocencia y sus sueños románticos.

Mucho más trágica que cómica, aunque posea algunas situaciones de humor que involucran al hijo pirómano de Ginny, la nueva película de Allen refleja el drama de estas personas aplastadas por la rutina, atravesadas por sus deseos, sus dudas y sus celos, que además están signadas por un destino de infelicidad que –pese a los esfuerzos desesperados que despliegan para vivir mejor– no pueden modificar.

Si bien no es una de las mejores películas de Allen, La Rueda de la Maravilla ofrece una oportunidad para disfrutar del trabajo magistral del director de fotografía italiano Vittorio Storaro (responsable de la iluminación de filmes como Apocalipsis now, Dick Tracy y El último emperador), que eligió la luz natural, el claroscuro y los contraluces marcados para darle un clima aciago a este melodrama.


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